

Me ponía en su piel admirada de la confianza que depositaban en mí, al fin y al cabo, una extraña más de las muchas que estaban conociendo. El marido, menos locuaz, miraba mucho y hablaba poco. Ella, enloquecida con el aire marino, no miraba nada y hablaba por los codos.
Alquilaron un apartamento que posteriormente compraron y les perdí la pista. Hasta hoy. Me encuentro a la vivaracha Señora, menos vivaracha y mas delgada. Sus ojos, aunque siguen siendo amables, carecen de la luz que poseían.
¿tienes un ratito para un café?, me pregunta amablemente. Tengo novedades que contarte. La curiosidad me pierde y entramos en una cafetería. Soy viuda, me dice muy seria. José Luis, ha muerto. ¿cuando? ¿como?, mi cara le dice que no sé nada. Hace un mes, me dice la pobre. Estaba tan bien, tan sano. Ni colesterol ni nada. Entonces... ¿que pasó? Divaga y divaga y empiezo a perderme entre tanta explicación inútil. De repente, se hace la luz. Ha muerto y ya, que mas da de que ó como. La mujer necesita hablar con alguien y yo me he cruzado en su camino. Me ha puesto al día de su vida diaria, de sus planes, de su familia y de todo aquello que necesitaba decir. He pagado los cafés, ella insistía en hacerlo, hemos salido del brazo. Yo con prisas, ella relajada. A veces, necesitamos a alguien que simplemente escuche, solo eso. Nada mas.
3 comentarios:
Cierto, a veces solo necesitamos esos cinco minutos de un café y alguien que nos preste su atención.
Saludos
Me gusta tu descripción del marido y de ella, y esa palabra vivaracha suena linda.
Besos
PD: Cómo anda tu plan de visitar a Holanda?
Yo necesito muchas veces a alguien que me escuche, y no me resulta fácil hallarlo, es difícil encontrar gente que sepa escuchar.
Besos. Eres buena.
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